Este año es más navidad que nunca. O mejor dicho, este año es para mí navidad. Otros años no. Otros años, admito, odiaba a muerte estas fechas. Ayer noche sufrí un curioso momento película: entraba en el salón, con un plato de entrantes -jamón y queso español- y veía a todo el mundo moverse ralentizado, sonriéndose, sirviéndose vino, riéndose, acercándose un plato, sentándose en el suelo, pidiendo una canción, abriendo la puerta a más gente. Mis amigos, ellos, los que salen en esta foto. Los que hacen posible que sonría aunque diluvie, por los que me apetece salir de casa aunque nieve.

Ayer noche nos invitaban unos amigos -una italiana, una francesa y un alemán- a cenar en su piso. Era la cena de navidad, despedida de estos tres intensos meses juntos, última juerga juntos antes de volver cada uno a casa para pasar estas fechas tan familiares. Varios alemanes, varias españolas, un par de italianos, una francesa, un japonés, etcétera. Las españolas llegamos con tortilla española, jamón y queso de uno de los últimos -y necesarios para sobrevivir- envíos paternos. A pesar de que los anfitriones no nos dejaban, unos cuantos nos metimos en la cocina a ayudar con los preparativos. En el techo, un adorno navideño en el que podíamos leer Merry Xmas and Happy New Year. Los sofás eran comodísimos, pero el suelo también. Salieron de la nada vasos, platos y servilletas de usar y tirar en el salón. Alguien trajo vino australiano, buenísimo. Los dos italianos se hicieron cargo del plato principal. Tuvimos que estudiar detenidamente cómo hacer la foto para que cupiera todo el mundo. La foto oficial nos la hizo el taxista que venía a buscar a unos amigos que se tenían que ir pronto. No faltó chocolate en el postre. Ni tristeza por la separación. Ni planes para la segunda semana de enero. Ni ganas de volver a vernos, a pesar de no habernos separado aún. Las llamaradas de la fiesta suavizan el frío de la ciudad, como dice García Montero.
Mañana vuelvo a España, a mi ciudad del cierzo, Zaragoza.